La Iglesia Mayor de Santiago ha sido el escenario perfecto para la representación del “Auto de la Pasión”, organizado por la Asociación “El Losao de Santiago”.
Por segundo año consecutivo se ha puesto en escena esta obra maestra de Lucas Fernández (1514), con edición de Juan Miguel Valero.
Más de 200 personas completaron el aforo del templo y pudieron disfrutar de una puesta en escena espectacular, con más de 40 intérpretes entre actores y músicos; con una iluminación y un sonido que no dejó indiferente a nadie.
Podrán disfrutar de la representación completa del “Auto de la Pasión” mañana miércoles a partir de las 22:00 horas en Telejumilla.
Programa del “Auto de la Pasión” de Lucas Fernández
El Auto de la Pasión es la última pieza que se lee en las Farsas y églogas al modo y estilo pastoril y castellano fechas por el salmantino Lucas Fernández. Este Auto bien puede considerarse palma y corona de la exigua tradición dramática castellana que, sobre la pasión y muerte de Cristo, hubo de circular en su día, más crecida, en la época de los Reyes Católicos. Fue un periodo de particular fecundidad para la devoción y espiritualidad en lengua romance, de siega mística, pues se recogían entonces las mieses sembradas en tiempos de Vicente Ferrer y aun antes. El Auto, aunque corre parejas en el impreso con dos farsas sobre el Nacimiento de Cristo, no corresponde ni a los géneros (farsa y égloga) mencionados en la portada del libro, ni al estilo pastoril, aunque el metro elegido y su lenguaje no desdigan del registro humilde que dota a sus personajes de una empatía y fuerza expresiva nada común.
Lucas Fernández (ca. 1478-1542) se encontraba en la cuarentena cuando se imprime, en plenitud de facultades poéticas y musicales, solo igualadas en estas artes por su coetáneo y rival Juan del Enzina.

Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), define «Auto» como la «representación que se haze de argumento sagrado en la fiesta de Corpus Christi, y otras fiestas». Y, a su vez, da de «representar» (y la Pasión de Lucas Fernández se ofrece como «auto o representación») lo que sigue: «Hacernos presente alguna cosa con palabras, o figuras que se fixan en nuestra imaginación…». El Auto es, en efecto y con afecto, memoria viva de la Pasión, remembranza.

Cervantes, amante del teatro, debió pensar en los maestros de aquellas artes, Lucas Fernández y Juan del Enzina. No es probable, sin embargo, que el sofisticado artificio dramático y musical que es el Auto de la Pasión fuera creado para unos mozos aficionados, sino para profesionales como eran los músicos y cantores de la catedral. En efecto, el Auto de la Pasión propone un repertorio musical en el que texto y música se muestran perfectamente acoplados: recitado y canto van ensartando las cuentas de este rosario de los lamentos que sumerge a quienes lo contemplan en una espiral de emociones y, por medio de ellas, en un movimiento y transformación interior.
La identificación con el relato de la Pasión, que ya la gente conoce, se produce por todos los medios: el evangelio y otros textos se hacen carne en los actores (cuya identidad real desaparece en el drama), se recrece en los espacios sagrados y los efectos que potencian la identificación afectiva, y en la música, que envolviéndolo todo alcanza hasta los
fondones de la mente y los remueve. Pieza única y primitiva, tradición magistralmente asimilada y vanguardia, prodigio de ecos y voces que se entrelazan y nos enlazan: polifonía.
El Auto representa la fuerza de la Vida ante la Muerte, actúa como el fulgor del relámpago que rasga la tiniebla, es luz en la oscuridad. En los últimos años se renueva en la Semana Santa de Jumilla esta joya y reliquia de nuestro patrimonio dramático. Con respeto a su historia, pero con el atrevimiento y la pasión propia del pueblo que lo pone en escena, colma, en la Iglesia Mayor de Santiago, el granero del crucifijo.
Juan Miguel Valero Moreno Universidad de Salamanca & IEMYRhd

