Con una oración de San Antonio a la Virgen ha comenzado el padre Oliver el Pregón a la Patrona, que tenía lugar este medio día en una abarrotada Ermita de San Agustín.

El guardián de Santa Ana, que también se ha referido a las fiestas de la vendimia y de moros y cristianos, señalaba que agosto es el mes de la nueva emperatriz, la Bienaventurada Virgen María, “concebida sin pecado original en virtud de los méritos de la muerte y Resurrección de su hijo, Jesucristo el Señor. Es la Inmaculada, la mujer vestida de sol y cubierta con un manto de estrellas. Ella es la rosa de las rosas y la flor de las flores, que cantaba el gran Alfonso X el Sabio, el mes en el que la Mujer que engendró la Vida misma, cumplida su misión, es entregada a Dios como el mejor regalo que podemos ofrecerle al Padre, de quien es Hija, al Hijo de quien es Madre y al Espíritu de quien es Esposa, la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo”.

Emotivos párrafos pregonados con emoción por un franciscano que profesa una gran devoción a la Virgen: “un precioso regalo envió al cielo nuestra tierra hoy, para que, dando y recibiendo, se asocie, en trato feliz de amistades, lo humano a lo divino, lo terreno a lo celestial, lo ínfimo a lo sumo. Porque allá ascendió el fruto sublime de la tierra, de donde descienden las preciosísimas dádivas y los dones perfectos”, que declamara Gerardo Diego, del que este fraile es un gran admirador

El padre Oliver confiesa que echó mano de la Abuela Santa Ana para que le inspirase en la confección del Pregón, y ésta le señaló tres vías: pregunta a los testigos, que hable el corazón y en todo ello trata de oír los sonidos de la fe.

Y así lo hizo, sobre los testigos recordó que el 1 de noviembre de 1950 sonó en la plaza de san Pedro la palabra autorizada el papa Pío XII quien, después de casi dos mil años de prácticas litúrgicas en las que se venía celebrando la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma a los cielos, consultados a todos los obispos del orbe católico y teniendo constancia del sentido creyente de los fieles, ejerce la autoridad pontificia que el Espíritu le ha otorgado y proclama: “… por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”.

El padre Oliver también echa manos de los evangelios apócrifos asuncionistas de finales del siglo segundo y principios del tercero. A nuestro favor viene el texto de san Basilio, quien explica por qué los apócrifos se presentan siempre avalados por los supuestos testigos directos de los acontecimientos tratados, aunque les distancie siglos de historia, y recuerda que cuando en la Iglesia universal se conmemora una solemnidad litúrgica de la cual se ignora el tiempo preciso de su aparición, hay que remontar su origen a los tiempos apostólicos. “Esa era la costumbre, por lo cual, a nuestro entender, lo importante no es buscar quién es el autor de determinada obra, sino detectar qué sucesos creyentes ya incorporados a la liturgia se consignan en ellos, dado que la ley de la fe se nutre preferentemente de la ley de la oración.

También recurre Oliver a Juan de Tesalónica, quien a principios del siglo VII constata que “casi la tierra entera celebra la fiesta anual del reposo de la Virgen, con lo que ayudarán a conocer más a la Virgen en su Asunción y, consecuentemente, amarla más y mejor”.

Y teniendo siempre los franciscanos la escenografía presente, este humilde hijo de San Francisco propone a los presentes que se imaginen la siguiente representación:

La Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos.

Primera escena: El anuncio de su tránsito y asunción: “El Ángel que le anunció su maternidad divina, es ahora el que le anuncia su próximo paso a las moradas celestes al lado de su Hijo, para vivir la vida auténtica y perenne antes de la resurrección común y universal. La Virgen no da ningún paso si previamente no ha sido señalado por el Señor”.

Es la actitud del perfecto creyente para quien su voluntad es la de fundirse plenamente con la voluntad de Dios.

Segunda escena: La presencia de los Apóstoles: “La Virgen Madre había pedido a su Hijo que enviara a los Apóstoles para que le acompañaran en su tránsito a la vida eterna, y para que protegieran su cuerpo de aquellos que maquinaban quemarlo y así destruir a la que había concebido al Mesías que ellos habían crucificado.

María le dice: «Juan, hijo mío, no necesito cosa alguna de este mundo; pero, puesto que pasado mañana salgo de este cuerpo, te ruego uses conmigo de caridad y pongas a buen recaudo mi cuerpo, depositándolo a él sólo en un sepulcro. Y monta guardia en compañía de tus hermanos los apóstoles, a causa de los pontífices. Pues les he oído decir con mis propios oídos: Si encontramos su cuerpo, lo haremos pasto de las llamas, pues de ella nació aquel seductor»”

Tercera escena: El sepulcro vacío: “Jesucristo ha venido, ha resucitado a su Madre Santísima y la ha llevado consigo al reino de la luz y de la paz. No hacen falta comentarios, nos es suficiente recordar que con Jesús sucedió lo mismo”.

A modo de epílogo: que hable el corazón. Silenciemos la palabra para escuchar los sonidos del corazón desbordado en amor a nuestra Patrona.

El amor se ha hecho obra de arte, el amor se ha hecho belleza, porque el amor tiene nombre propio: Nuestra Señora de la Asunción que nos ama con amores eternos y nos roba el corazón con su silencio y su ternura, afirma el padre Oliver, quien finaliza el pregón con una petición: “Y rezar, que también es amor”.